Las mujeres sin pañuelos que cambiaron la historia

 

La sociedad argentina está más crispada que nunca. Se encuentra dividida al extremo, incapaz de ponerse de acuerdo en cualquier tema que se aborde. Se trate de algo trivial o que hiera la sensibilidad más profunda. «Esas locas que usan pañuelos verdes lo llevaron a la hoguera como en la época de la inquisición al pobre de Juan Darthés antes de que la Justicia demuestre lo contrario», opina una mujer de unos cuarenta y pico, que jura no haberse involucrado nunca en política hasta que su hija comenzó a hablarle de chiques, todes y ell@s de manera tan natural como el ir a comprar pan a la esquina. En el otro extremo, una de las tantas Malena Pichot que abundan en este maravilloso país, sale con los tapones de punta: «No les quepa la menor duda de que les llegó la hora. Los hombres van a tener que pagar por todo los que nos hicieron en tanto años de patriarcado», como si ser portador de un falo fuera un delito o causal de un crimen.

 

Coco Chanel es la única diseñadora de moda que figura en la lista de las cien personas más influyentes del siglo XX. Su ya célebre traje sastre se convirtió en un icono de la elegancia femenina y el Chanel Nº 5 en un objeto de culto. Eligió ser soltera, amante de reconocidos artistas y manejaba un Roll Royce

Vamos a dejarlo claro para que no quede ningún tipo de duda: se llame Juan Darthés o Juan de la Palotes, meterse con la inocencia de una menor (o de un menor, porque a los varones también les sucede) es aberrante, digno de un ser abominable. Es que no existe otra manera de calificar a quien decide apropiarse del despertar sexual de una persona que no sabe o no puede decir que no. Ya sea por temor o por esa extraña sensación de culpa, a pesar de ser el otro el que está llevando adelante el hecho repudiable. Mientras el contrato sea entre adultos, lo que suceda entre cuatro paredes es responsabilidad de ambas partes. Hombre-mujer, mujer-mujer, hombre-hombre, trío, cuarteto, partuza, todo es válido. Pero cuando un sujeto de 45 años utiliza el poder para ejercerlo sobre una niña de 16, estamos ante un miserable. «¿Y si fue la chica la que se le insinuó? ¿Vos viste cómo andan vestidas hoy las pendejas?», dice un cavernícola del siglo XXI, que seguramente le arrancaría las bolas con una tenaza si su hija hubiera sido la víctima.

 

Simone de Beauvoir fue una talentosa escritora y filósofa. Su obra “El segundo sexo” es un pilar fundamental en la historia del feminismo. Esta valiente francesa practicó la polifidelidad y estuvo en pareja con Jean Paul Sartre hasta el día de su muerte.

 

Lo que sucedió esta semana es la resultante de una sociedad que tal vez esté alcanzando uno de sus picos máximos de lucidez o de delirio, según el cristal con que se lo mire. Por un lado tenemos a millones de personas que se solidarizaron con el sufrimiento de Thelma Fardin, quien estuvo amorosamente acompañada por grandes figuras del espectáculo agrupadas en el autodenominado «Colectivo de Actrices argentinas». Por el otro, tenemos a medio país que desconfía de la puesta en escena kirchnerista de esta chica a la cual produjeron en un video dentro de un cuarto de Hotel para dramatizar una situación «que no cierra por ningún lado». Si nos abstraemos un segundo de lo político y tenemos un poco de empatía con el sufrimiento del ser humano, hay que ser un reverendo hijo de puta para creer que una chica -porque Thelma con sus 26 años sigue siendo una chica- sería capaz de prestarse a una actuación digna de Hollywood. «El rechazo visceral hacia una ideología no puede cegarnos de tal manera, de la misma forma que un grupo de mujeres no debería ubicarse por encima de la ley». Así de dividido se encuentra todo.

 

De origen humilde, Eva Duarte llegó a Buenos Aires a los 15 años, donde se dedicó a la actuación en el teatro, la radio y el cine. Ya como esposa de Juan Domingo Perón, logró el voto femenino, la igualdad jurídica de los cónyuges y la patria potestad compartida.

Tal vez sea hora de barajar y dar de vuelta ya que, de esta manera, no estaría funcionando. Lo cual no invalida la lucha noble que están realizando mujeres en todas partes del mundo para dejar de ser sometidas por abusadores en el amplio sentido de la palabra. Dado que el abuso se manifiesta de distintas formas. Ser talentosa y muy dedicada, pero cobrar un salario menor al de un hombre por el simple hecho de ser mujer, es una forma de denigrar. Tan denigrante como la Ley de paridad de géneros que ubica de manera intercalada en el Congreso a hombres y mujeres. Muy alejado del concepto de mérito, como en toda sociedad evolucionada. La misma sociedad evolucionada donde no hay manera de escaparle a un boludo, ya que los mediocres no tienen distinción de raza, color, ni de sexo, si no se los ve a 1000 metros de distancia. El problema radica cuando uno tiene que cuidarse de decírselo en la cara. «Sos una boluda, no debería ser un hecho discriminatorio, sino de gran ayuda para aquel que viene atrás así no se ensarta contratando a alguien que no está a la altura de los acontecimientos». Lo mismo sucede con un boludo, aclaremos, para no herir susceptibilidades.

 

Katharine Graham asumió la presidencia del Washington Post contra los comentarios sexistas sobre su capacidad de gestión y liderazgo. En los 70, apoyó a Carl Bernstein y a Bob Woodward en el caso Watergate, que le costó la presidencia a Richard Nixon

 

Así como Coco Chanel, Simone de Beauvoir, Eva Perón y Katharine Graham tuvieron obstáculos, la vida de Frida Kahlo se vio marcada por el infortunio de contraer poliomielitis y un grave accidente de juventud que la mantuvo postrada durante largos períodos, llegando a someterse a 32 operaciones. Frida llevó una vida poco convencional, entra la bisexualidad y un profundo amor por Diego Rivera. Marie Curie (1867-1934) ya afirmaba en aquella época: «Nunca he creído que por ser mujer debía tener tratos especiales. De creerlo estaría reconociendo que soy inferior a los hombres y yo no soy inferior a ninguno de ellos». Así que no estamos inventando nada, señoras y señores. Simplemente poniendo en el tapete un problema ancestral que adquiere mayor relevancia por el cambio de época. Siempre hubo mujeres controvertidas, pasionales, dueñas de sus propios destinos, la diferencia es que no tuvieron que tomar una iglesia, usar un pañuelo -del color que fuera- u odiar al sexo opuesto para cambiar la historia. Todas ellas entendieron que la parte más sensual de su cuerpo es su cabeza.

Comentarios

¡Tu navegador está anticuado!

Actualiza tu navegador para ver esta página correctamente. Actualizar mi navegador ahora