En política, la memoria social suele ser más fuerte de lo que algunos dirigentes creen. Y cuando esa memoria está vinculada al manejo de fondos públicos, el olvido no es una opción.

Hay decisiones políticas que no se explican… se evidencian. Y la intención del intendente de instalar a Gonzalo Ferro como su posible sucesor es una de ellas.

No es una construcción nueva, no es un dirigente que aparezca por mérito ni por respaldo social. Es, claramente, una imposición. Una jugada armada desde el poder, que pretende ignorar algo básico: la gente no es tonta y tiene memoria.

Porque Ferro no es un nombre neutro. Está directamente vinculado a un escándalo por el uso de fondos públicos con una tarjeta corporativa. Un episodio que nunca se aclaró como corresponde. Nunca hubo explicaciones serias. Nunca hubo consecuencias claras. Solo silencio… y minimización.

Y ahí aparece otro dato clave: el propio intendente calificó ese hecho como una “pequeñez”.

¿Pequeñez? ¿Desde cuándo usar fondos públicos de manera irregular es algo menor? ¿Desde cuándo se le falta el respeto de esa manera a los vecinos que pagan impuestos todos los días?

Ahora bien, también es importante decirlo con claridad: desde esta redacción no hay nada personal contra Gonzalo Ferro. Incluso, en otro contexto, podría haber sido un buen candidato. Pero la política no se construye sobre supuestos, sino sobre hechos. Y hay un hecho concreto que lo condiciona: un error grave que nunca fue esclarecido ante la sociedad.

Ese es el punto central. No es una cuestión de simpatía o antipatía. Es una cuestión de transparencia.

Hoy, el intendente pretende que la sociedad acepte sin cuestionar que ese funcionario sea el futuro de la gestión. Como si nada hubiera pasado. Como si la memoria colectiva se pudiera borrar con estrategia política.

Pero no. No se trata de una operación política ni de una campaña en contra. Se trata de algo mucho más simple: confianza.

Y la confianza no se impone. No se fabrica. Mucho menos cuando hay hechos sin explicar.

Lo que queda en evidencia es otra cosa: una dirigencia que cree que puede acomodar nombres sin rendir cuentas, y una apuesta peligrosa a la desmemoria social.

Pero hay un problema: la gente sí recuerda. Recuerda lo que pasó. Recuerda lo que no se explicó. Y sobre todo, recuerda cuando le subestiman la inteligencia.

Porque en política, a veces el verdadero “caballo de Troya” no es el candidato… es la estrategia de creer que nadie se va a dar cuenta.

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