«Ojalá pueda volver a verte pronto, hijo»: emotivo viaje a Malvinas de familiares de soldados caídos

 

Clic, clac, clic, clac. Los rosarios golpean contra las cruces blancas de Darwin, acariciados por el viento de las Islas.

Trap, trap, trap. Las pisadas sobre las piedras blancas que conducen al cementerio marcan la ansiedad de estas madres, hermanos, hijos, que apuran el paso en esta mañana de sol y frío en la verde pradera.

«Ay, ay, ay», exclama una madre mientras, de rodillas, acaricia por primera vez el nombre de su hijo, ahora identificado, grabado en la negra placa de granito.

Malvinas tiene voz. Cada sonido cuenta una historia diferente. Las historias que guardan desde el fin de la guerra cada una de las 230 cruces, cada uno de los 649 nombres escritos en el camposanto argentino.

Ayer fueron 65 los familiares que llegaron hasta Darwin para homenajear a los nuevos soldados identificados: 112 han recuperado sus nombres desde que se inició el Plan Proyecto Humanitario. Solo faltan 10 y ya no habrá más Soldados argentinos solo conocidos por Dios en Malvinas.

El vuelo de Andes 682, rentado por Aeropuertos Argentina 2000, partió desde Ezeiza pasadas las cuatro de la mañana. Dos horas y cuarenta minutos más tarde, los pilotos Pablo Linari, Tomás Martin y Federico Serino aterrizaron en Mount Pleasant con los 165 pasajeros que, sin dormir y con las emociones contenidas, sintieron cómo los rayos del sol les daban la bienvenida en la Isla Soledad.

«Hasta esta madrugada llovió sin parar», dijo en un difícil y gentil español un asistente que selló los pasaportes y confirmó que la habitual inclemencia del tiempo del sur había cambiado para recibir a las familias de los héroes.

Los 40 minutos en ómnibus que separan el aeropuerto del cementerio se hicieron en silencio. Las miradas clavadas en las áridas tierras verdes y amarillas.

Entonces llegó el sonido de los pasos sobre el camino de ripio. Y los rosarios. Y los sollozos de las madres que encontraban a sus hijos después de más de tres décadas.

 

Ahora son las voces y las lágrimas, los rezos y los abrazos los que quiebran el silencio en esta inmensa soledad. «Su cuerpito esta ahí, ya puedo quedarme tranquila», dice casi susurrando, con las manos juntas, los ojos con lágrimas, Cristina Lera, la mamá del soldado Luis Sevilla. Llora entonces Miriam, quien despidió a su único hermano siendo una adolescente y casi cuarenta años después lo sigue extrañando como el primer día. Y le habla a la cruz blanca. Le cuenta que todos los 28 de mayo, día en que murió, ellas le preparan el locro que tanto le gustaba. «La cartita que enviaste de Malvinas diciéndonos que hacía mucho frío está en un cuadro en casa», le dice.

 

La congoja le aprieta la garganta cuando explica que él podía no haber hecho el servicio militar porque era único hijo sostén de madre soltera. Pero pidió ir porque le había tocado la Fuerza Aérea y decía que eso le daba oportunidad de progresar y estudiar. «Él le dijo a mi mama ‘así puedo comprarte una casa y no andamos de aquí para allá sin tener donde vivir’. Y pobrecito le dio la casa, pero la pagó con su vida», recuerda con angustia.

 

De rodillas, Mabel Godoy besa la cruz de Víctor Rodríguez, el joven que la enamoró desde aquella vez que peregrinaron juntos a Luján para orarle a la Virgen, cuando ella apenas había cumplido los 17 años. Fue su primer y gran amor. Pero la guerra se lo arrebató.

A su lado Nora, que solo tenía cuatro años cuando Víctor partió hacia la guerra, le rinde homenaje a su hermano mayor al que casi no recuerda. ¿Qué imágenes vuelven a esta memoria que apenas alcanza a recordar al joven sonriente que la levantaba en brazos y la mimaba como la princesa de la familia?

 

Envuelta en una bolsita de plástico y en un sobre, Raquel Folch guardó una carta para Aníbal, su hermano más pequeño que cayó el 14 de junio de 1982, cuando faltaban solo horas para la rendición del general Mario Benjamín Menéndez. «Es la carta que él me había pedido que le mandara a las Islas y en ese momento no escribí porque pensé que Ani ya volvía», se lamenta.

Tuvieron que pasar 37 años para que Raquel, quien por primera vez pisa las Islas junto a su hermana Carmen, tomara el coraje de escribirle aquella carta que nunca envió . «Le pido perdón por no haberlo hecho antes, porque era tan jovencita como él y en ese momento no me imaginaba qué era una guerra…nunca pensé que él iba a quedarse acá», llora. «Solo quiero abrazarte hermano mío», repite y con sus brazos envuelve la cruz adornada con flores blancas de tela y sujetas con un precinto para que el viento no se las lleve.

Su grito se ahoga con las lágrimas: «¿Por qué tanto dolor?, ¿por qué tuviste tanto frío?, ¿por qué te quedaste acá hermanito?», apoya Raquel su frente en la negra placa de granito y acaricia el nombre de Aníbal Folch.

 

Una hilera más atrás, Lila Yolanda Aguirre dice que no quiere recordar a su Héctorasí, frío como el mármol que descansa debajo de la cruz. Que lo siente tibio y cerca, afirma, y se toca el vientre. A los 82 años cuenta que en su memoria él aparece sonriendo y llamándola»Negra». Recuerda que le gustaba el yudo y lo practicaba por las tardes cerca del canal. «Locura» le decían los amigos a su único hijo, y así ella lo adoró con su amor de madre. «Ahora me quedo más tranquila porque sé que su cuerpo no está por ahí tiradito», reflexiona y en sus manos aprieta con fuerza unas piedritas blancas que recogió del cementerio.

 

Viajó sola y llora abrazada a la cruz de su hermano. Cata Ferrau le habla frente a la tumba ahora identificada. «¿Por qué tuviste que quedarte en estas Islas tan lejos, si yo rogué para que volvieras de cualquier manera? Aun herido o invalido te hubiera cuidado toda mi vida. ¿Por qué no volviste a casa donde te esperé todos estos años?», se emociona la mujer que hoy llegó por primera vez a las islas. «Están tan lejos… cuando me subí al avión, como nunca antes había volado, tuve miedo. Pero si él se animó a venir, yo también tenía que hacerlo», cierra la hermana del soldado Jose Ramón.

 

Toc, toc, toc, las botas de la Guardia Escocesa suenan en el perímetro del cementerio de Darwin. Vestidos con sus uniformes de gala, siete soldados británicos levantan las armas y rinden honores.

Las largas y tristes notas de una gaita atraviesan las lágrimas y las oraciones de las familias de los caídos. Dos gaiteros reales interpretan El lamento. Luego, será Omar Tabarez, quien fue cabo músico del Regimiento 25 y por primera vez regresó a las Islas, quien con su trompeta volverá a ponerle sonido a la historia de la guerra y sus héroes. El veterano Celso Farías, que por primera vez regreso a las islas después de la guerra, abraza con emoción a su compañero que baja la trompeta con las manos temblorosas.

Llega el momento de la oración. El padre Ponciano Acosta, familiar del gendarme caído en Malvinas Gumersindo Acosta, comienza el responso: «Tu que nos resucitarás…». «Señor ten piedad», se unen las voces para rogar a Dios. Lo acompaña el sacerdote de las Islas, padre Ambrose, quien en un claro español ayuda con la ceremonia.

 

El religioso argentino habla de tres palabras que definen este día histórico: Gracias(por estar aquí, por saber donde están nuestros seres queridos), Siembra («la semilla que cae sobre la tierra queda infecunda, solo debajo puede dar frutos: que ellos sean semillas de paz»), y Luz («vamos a bendecir estas velas de distintos colores que expresan la diversidad que hay entre nosotros»). La eucaristía marca un silencio profundo solo interrumpido por los «amén» de los familiares.

 

María Fernanda Araujo, presidenta de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas, toma el micrófono. Y vuelve a repetir la palabra que más se escuchó en Darwin: «Gracias». Pide que todos se abracen, y que en ese abrazo estén todas las familias de Malvinas, «las que hoy viajaron y las que no están aquí». Los brazos entonces se entremezclan, las manos se estrechan, los cuerpos se unen. Y allí frente a la gran cruz, todas las familias se convierten en una sola.

 

Claudio Avruj, secretario de Derechos Humanos, toma la mano de una madre. La ayuda a caminar entre las cruces. «Es un honor acompañar a estas familias hoy», se conmueve.

 

A pasos de allí, al pie de la cruz del sargento Mario Cisnero se destaca un retrato del valiente militar. Minutos antes, su hermana Galdys colocó las rosas de tela con cuidado y amor. Durante muchos años, su familia se había negado a la identificación: «Teníamos miedo que se llevaran su cuerpo al continente y lo sacaran de las Islas», explica. Pero hoy el «Perro» es uno de los 112 soldados identificados.

 

«Esto fue cerrar un duelo, lograr la paz», dice y cuenta que solo mucho después, en su Catamarca natal, supo que Mario Antonio era un símbolo para sus hombres y para el Ejército.

 

Hoy Gladys tiene un pequeño museo de su hermano en un cuarto de la casa: un maniquí con su uniforme, dos cascos, la última valija que usó con sus camisas y su ropa, la boina… «Siento orgullo, ahora sé que él fue un ícono. Y leer su nombre en esta placa también me permitió sentir que es justo e importante que los héroes recuperen su identidad», dice.

 

Lorna Márquez emocionada cuenta que cumplió la promesa que le hizo a su abuela: llevó las cenizas de Elda para que estén junto a su hijo, Rubén Eduardo. «Ella me había pedido que volcara sus cenizas en las Islas, porque mi tío no estaba identificado. Ahora las puse entre las piedritas, así están unidos para siempre», revela.

 

Las 165 personas recorren el cementerio de Darwin en este segundo viaje humanitario organizado en toda su dimensión por Eduardo Eurnekian –Aeropuertos Argentina 2000– quien constantemente apoya a las familias de Malvinas, por Roberto Curilovic -director de desarrollo de nuevos negocios de AA2000-, Matías Patanian y Martín Eurnekian -de Corporación América-, el Embajador del Reino Unido en la Argentina Mark Kent, el gobierno de las islas y la Comisión de Familiares de caídos en Malvinas. El viaje contó además con el apoyo de la Secretaría de Derechos Humanos y de la Cancillería.

La causa humanitaria que permitió que 112 soldados hasta hoy hayan sido identificados nació en 2008 con el impulso del veterano Julio Aro, quien cuando regresó a las islas para cerrar sus heridas se conmovió frente a las 121 cruces que en ese entonces decían «Soldado Argentino solo conocido por Dios».

 

«Me partió la cabeza no encontrar a mis compañeros de trinchera a quienes yo había enterrado», recuerda el soldado de Mercedes. Desde entonces comenzó a trabajar por la identificación de sus camaradas. El destino quiso que conociera al coronel británico Geoffrey Cardozo -a quien le fue encomendada la difícil tarea de recoger los cuerpos de los campos de batalla para darles honorífica sepultura-, que le entregó el informe de cómo se había construido el cementerio de Darwin. Luego, con el trabajo de esta periodista de Infobae –que junto a Aro visitó casi 120 familias- la causa fue sumando voluntades: el apoyo incondicional de Luis Fondebrider, Maco Somigliana del Equipo de Antropología Forense, y el compromiso del músico inglés Roger Waters, quien le dio voz a las madres que clamaban por sus hijos.

 

Este trabajo concluyó en el Plan proyecto Humanitario y en las identificaciones que muestran que en Darwin solo quedan 10 soldados sin nombre.

Ya cae la tarde. Se escucha el canto de un pájaro lejano. Las familias abandonan Darwin. Clac, clac, clac, las despiden los rosarios golpeando contra las cruces.

 

Suenan ahora las turbinas del vuelo de Andes 683. En dos horas y cuarenta minutos los pilotos aterrizarán en el aeropuerto internacional de Ezeiza. La nave se eleva, deja Mount Pleasant. Las Islas se van haciendo pequeñas. Y una madre llora pegada a la ventanilla: «Ojalá pueda volver a verte pronto, hijo mío».

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