Miércoles, 17 de Octubre de 2018 | 04:02

Identificaron al soldado número 100 de Malvinas: el curioso mensaje por el que su madre ya sabía dónde yacía

Es el final de 36 años de un duelo interminable". Loma Márquez, sobrina de Rubén Eduardo Márquez, apenas oculta su emoción. Enterrado desde el fin de la guerra en el cementerio de Danvin bajo una placa que dice "Soldado argentino solo conocido por Dios", su tío acaba de convertirse en el soldado número 100 en ser identificado.

 

 

Es el final de 36 años de un duelo interminable". Loma Márquez, sobrina de Rubén Eduardo Márquez, apenas oculta su emoción. Enterrado desde el fin de la guerra en el cementerio de Danvin bajo una placa que dice "Soldado argentino solo conocido por Dios", su tío acaba de convertirse en el soldado número 100 en ser identificado.

Loma Márquez recibió la información de la identificación y un anillo que llevaba su tío junto a María Victoria, su hermana. Márquez no tuvo hijos y sus sobrinos son los únicos familiares directos que lo sobrevivieron.

Márquez, de Coronda, Santa Fe, era un militar de carrera y en Malvinas tenía el rango de teniente. Integró la Compañía de Comandos 602, al mando de Aldo Rico. El 30 de mayo de 1982 participó de una misión de exploración en las inmediaciones del Monte Kent y murió en combate junto al sargento primero Oscar Humberto Blas, cuya tumba también fue reconocida como parte de la reciente misión humanitaria.

 

Madre incansable

La madre de Márquez, Elda Gazzo, recorrió despachos y viajó a las islas buscando de manera infructuosa la tumba de su hijo. Murió hace diez años sin encontrarla, pero con una pequeña certeza que le llegó por medio de un anónimo. En 1998 había viajado a Malvinas con la hija de Blas y sobre la mesa del restaurante donde cenaban apareció un papelito donde decía que Márquez y Blas estaban uno al lado del otro en dos tumbas que el anónimo identificaba con un código y que al momento tenían la placa de soldado desconocido. Su hijo yacía entre las tumbas 10 y 9 del cementerio. Elsa se sacó una foto arrodillada y abrazando las dos cruces. Hoy se supo que la información era correcta: en una de esas estaba su hijo. En la otra, Blas.

 

Su abuela, recordó Lorna, fue una mujer incansable y legó en ellas el mandato de seguir buscando la tumba. "Hoy podemos decirle que la encontramos", se emocionó.

"En la casa de mi abuela había un pasillo repleto de fotos y medalles del tío", explicó Lorna, que tenía seis años cuando murió. Igual recuerda el orgullo que sentía cuando su tío volvía de licencia a Coronda y la sacaba a pasear por el pueblo en su Citroen.

Impulsado por el tesón de un conscripto que estuvo en la guerra y se indignó ante la suerte de sus compañeros de armas, el Estado está saldando una de sus deudas más ominosas: ponerles un nombre a las placas del cementerio donde estaban enterrados soldados argentinos que por desidia, impericia o cálculos políticos no fueron identificados al finalizar la guerra.

"Estamos muy orgullosos de llevar adelante este plan humanitario", dijo Claudio Avruj, el secretario de Derechos Humanos.

22 soldados

Con esta identificación, quedan 22 soldados sin nombre, enterrados en 21 tumbas (en una de ellas hay dos cuerpos). Las negociaciones para el trabajo de identificación se iniciaron en el gobierno de Cristina Kirchner, continuaron en el de Mauricio Macri e involucró, entre otros, al gobierno británico, a las autoridades malvinenses, a la Cruz Roja y al Equipo Argentino de Antropología Forense. (EAAF).

 

Un equipo con especialistas de varios países viajó en junio de 2017 a Malvinas para exhumar los cuerpos que carecían de indentifícación y les confeccionó una ficha, que incluía muestra de ADN, que luego comparó con el banco de datos de familiares que tenían un soldado caído en Malvinas y sin identificar. Ese trabajo ya entregó 100 resultados positivos. Muchas de esas familias viajaron a Malvinas en marzo de este año para estar en la ceremonia donde se inauguraron las nuevas placas identificatorias.

"El trabajo conjunto ha permitido dar respuestas a 100 familiares y ojalá que pronto los 22 cuerpos que quedan sin identificar reciban su nombre y otro grupo de familiares pueda tener la certeza de donde está enterrado cada uno de sus soldados", dijo Luis Fondebrider, presidente del EAAF.

Gran responsable

El alivio de estas familias responde al trabajo de muchas personas, pero tiene un gran responsable: Julio Aro. Como soldado conscripto había peleado en la guerra y en 2008 volvió a Malvinas. La leyenda "Soldado argentino solo conocido por Dios" lo angustió. "Podría haber sido yo”, dice. Como los soldados en todos los conflictos, llevaba una chapita colgada del cuello donde debería haber estado grabado su nombre, pero por la falta de previsión de las Fuerzas Armadas Argentinas muchos no la tuvieron. La de Aro solo tenía el escudo de su división, y él escribió su nombre en un papel y lo pegó con cinta adhesiva. "Con el clima de las islas, ese papel no duró ni un día", dice.

Al volver, fundó la ONG No me Olvides y comenzó a batallar para ponerle nombre a esas tumbas. Su primer gran avance llegó gracias a un inglés, Geoffrey Cardozo, el militar británico que tuvo a su cargo la dura misión de recoger los cuerpos de los soldados argentinos esparcidos en los campos de batalla y de exhumar aquellos que se encontraban en tumbas de guerra para darles digna sepultura en el cementerio de Danvin. Aro se reunió con él en Londres y se fue con un informe pormenorizado que Cardozo había elaborado durante su trabajo en Malvinas. Estaban los datos de todos los caídos, incluso aquellos que no había podido reconocer, e incluía dónde los había encontrado y en qué tumba estaban enterrados.

 

"Xo había registros dentales, ni detalles de huellas dactilares, ni conocimiento de la naturaleza militar argentina. Encontré números de identificaciones en algunos cuerpos, que luego supe que podía ser un número de identidad personal del soldado, pero no tenía más información al respecto”, relata Cardozo antes de conmoverse. "Hice todo lo que pude en esas circunstancias", asegura.

El cementerio de Danvin, un paraje desolado y ventoso, quedó entonces con 230 cruces blancas, 121 de ellas sin un nombre. La cúpula militar argentina, en retirada luego de perder la guerra, nunca se ocupó del tema. "Se hubiese podido identificar a todos o a gran parte de los XX en 1982 y no hacer esperar 35 años a muchos padres que no sabían dónde estaba sepultado su hijo. Algunos de ellos murieron durante esta espera sin saberlo", se queja Aro.

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